sábado, 28 de agosto de 2021
sueño
"Aquella noche, por primera vez en su vida, soñó que estaba muerto y se despertó dos veces en el curso del sueño, temblando de pánico. En ambas ocasiones intentó calmarse, se dijo a sí mismo que si cambiaba de posición en la cama el sueño acabaría; pero las dos veces, en cuanto volvió a dormirse, el sueño comenzó en el punto exacto donde lo había dejado."
Recordó que alguien alguna vez le había dicho que si uno se vuelve consciente en el sueño y logra atravesar la pesadilla sin despertarse, sin sucumbir al miedo que provoca, aparece en otro sueño. En ese momento había pensado que morir debía ser algo parecido. O mejor dicho, que si uno logra atravesar esta vida, puede aparecer en otra más, y así. Luego se dio cuenta que su lógica era muy propia del videojuego que jamás termina y temió estar evadiendo la cuestión propia de la muerte, o sea la desaparición física de uno en el mundo, es decir la ausencia de uno y de otro, y pensó que jamás iba a poder dejar de hablar de desapariciones y ausencias hasta que no las atravesara por completo y pudiera, por fin, despertarse sin miedo.
(Lo primero es Auster. Y lo segundo es un divague personal, gracias a Auster y a otras cosas)
jueves, 19 de agosto de 2021
tos.
Me subo al bondi y consigo sentarme en los asientos de atrás de todo. Hay una persona adelante que tose con un mismo ritmo cinco veces.
1, 2, 3, 4, 5
Durante esas cinco toses yo ya pensé dos veces en vos y me pregunté tres veces más cuándo va a ser el día que deje de recordarte. También pensé que iba a ser mucho más difícil pasar por la puerta del bar con el colectivo, tenía miedo de que una fuerza magnética me absorbiera y me encuentre de nuevo ahí dentro, escuchando tu voz y una música rarísima, dos cosas que en ese momento no apostaba por que fueran tan difíciles de olvidar.
1, 2, 3, 4, 5
Y que siempre fui re desabrigada a verte porque me hacía la linda pero me moría de frío, y me pasé el invierno esperando que me agarrara una pulmonía por esas noches en las que nos íbamos a cualquier hora a tu casa y hacía un frío que nos cortaba la cara, y cada vez que llegábamos a una esquina yo exhalaba fuerte adentro de la bufanda para sentir un poco de calor y vos sólo caminabas con la capucha puesta y las manos adentro de esa campera que fue siempre la misma y jamás te sacabas y parecía que podías caminar eternamente de esa forma.
1, 2, 3, 4, 5 y un señor que pregunta si está bien y la persona responde que sí, que se le atoró algo en la garganta, que ya se le va a pasar.
Y yo pienso que en un momento creí que sólo existías con la capucha puesta pero después me dí cuenta que no y que tenías el pelo hecho un bardo pero que igual me re gustaba y entonces empecé a odiar que te pongas la capucha y un día te dije que me hacías acordar a cuando Anakin se convertía al lado oscuro de la fuerza y me peleaste con que abajo Star Wars y arriba Volver al Futuro y yo te dije que cualquiera, que era distinto, que yo no te había bardeado Volver al Futuro que entonces no tenías por qué bardearme a Star Wars y me seguiste peleando hasta que yo dejé de discutir porque en realidad tenía muchas ganas de darte un beso.
1, 2, 3, 4, 5, 6 y se tira para adelante como para escupir el coso que hacía que estuviera tosiendo tanto y dos personas (la que ya le había preguntado si necesitaba ayuda y otra nueva) la sostienen y le vuelven a preguntar si está bien, a lo que la persona va a contestar algo pero no puede porque está ahogada y 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8.
Recién me doy cuenta de que la persona es una mujer de unos 50 años que está sentada en esos asientos que son para cuatro, mirando para adelante. El chofer chusmea por el espejo a ver quién está haciendo tanto escándalo y 1, 2, 3, 4 la señora se cae al piso y todos empiezan a preocuparse más mientras el señor que ya le preguntó como cuatro veces si está bien y no se percata que su pregunta ya no sirve para nada, ahora le pide al chofer que frene un segundo y 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10 la señora trata de decir que no se preocupen pero es en vano porque de su boca solo sale 1, 2, 3, 4, 5 y yo no me quiero levantar porque ya están todos levantados y siento que es un despelote si también me levanto yo, además a la señora no le sirve que yo me levante y no sepa hacer nada para curar su tos, tengo miedo de convertirme en el señor que ya le preguntó ochenta veces si se encuentra bien y que todos se tomen el tiempo de hablar conmigo en vez de ayudar a la señora que, pobre, ya no puede más con su 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y que ahora yace completamente acostada en el suelo mientras el chofer se comunica con una ambulancia que vaya uno a saber cuándo va a aparecer y yo que estoy acá y que en lo único que pienso es en que estoy llegando tarde a ver una obra de teatro que hace rato tengo ganas de ver y que encima ya pagué y me siento un poco mal por este pensamiento pero ya deseé que la señora se recuperara y no pasó entonces no entiendo qué más puedo hacer pero 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9 hay dos señoras más que hablan muy fuerte y casi tapan las toses y ahora todos están parados, hay gente que se bajó y está esperando el bondi de atrás, yo sigo con la esperanza de que van a bajar a la señora y vamos a poder continuar con el viaje y de que el señor se calle y deje de preguntar cosas absurdas, por favor, alguien que baje a ese señor del bondi, por qué no le agarró la tos a él que es insoportable?
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… y silencio.
Yo que estoy sentada y no veo nada porque me tapan las 8 personas que están paradas delante mío decido pararme también e ir a ver por qué paró de toser. La señora quedó con los ojos desencajados y la boca abierta. Hace unos sonidos que parecen como que va a toser de nuevo pero no sucede. Todos están expectantes y se escuchan varios “ay, dios” por el colectivo. El señor insoportable le reclama al chofer por qué la ambulancia no llega y éste le explica que ya llamó que ahora hay que esperar y el señor lo amenaza y le dice que si la señora no vuelve a toser él va a estar en graves problemas, él y la empresa. Parece ser que el señor insoportable es, además, abogado y ahora entendemos todos por qué está tan preocupado por la situación. Arenga a la señora a que siga tosiendo al grito de “vamos, mami, vamos” pero la señora quedó catatónica en el piso y nadie sabe bien qué hacer. Todos de a poco vamos dejando de hacer sonidos, ya no hay ritmo ni compases, hay sólo silencio y mucha gente que se desconoce entre sí hace lo mismo: mira para abajo y espera.
1, 2… 3… 1, 2, 3, 4, 5… 1, 2…1… 1… la señora vuelve a crear el sonido que pareció haberse extinguido por unos segundos y la gente de alrededor exhala con fuerza y se escucha una sirena a lo lejos. Luego de unos segundos, expulsa algo que al principio es indescifrable para mí con la cantidad de gente que está en el medio y no me deja ver pero que luego descubro es una pastilla de miel. A esta altura yo ya me perdí la obra de teatro que tanto quería ver y no estoy segura de estar tan contenta por que la señora haya vuelto a toser, aunque haya sido una de las que exhaló fuerte cuando volvimos a escucharla como en señal de alivio. Me parecía más interesante que todos nos quedáramos a la expectativa un rato más y definitivamente no quería volver a escuchar al señor insoportable preguntar por quintagésima vez si ella se encontraba bien. Me quedé pensando en qué habría pasado por la mente de la señora cuando dejó de toser, dónde había pasado ese tiempo ausente, si sentía el sabor de la miel todavía o había perdido total registro de los cinco sentidos. Y también pensé qué loco que algo tan diminuto como una pastilla pueda paralizarte tanto. La tos que la devolvió a la realidad de donde quiera que haya estado, nos devolvió también a cada uno de nosotros y a mí me devolvió a tu recuerdo y a pensar en que sos tan diminuto como esa pastilla pero que igual me molestás porque te tengo acá atragantado, y que ojalá pueda expulsarte de una vez ante de paralizarme y ahogarme en vos.
querido jorge:
La verdad es que tenés un nombre bastante vulgar para ir seguido de un “querido” y además, para que sea una de las primeras palabras que se use como inicio de una carta. Pero te llamás así y no se puede hacer más nada. Ahora parece que en realidad te escribo para insultarte pero no, es sólo un detalle, las implicancias poéticas que puede o no llegar a tener tu nombre no tienen nada que ver con el objetivo principal de esta carta. Te estarás preguntando“¿por qué no me escribe por Whatsapp y listo?”. Y porque es físicamente imposible, Jorge. Seguro no te acordás, pero yo no tengo tu número desde el día que perdiste el celular en el recital del hermano de tu cuñado en Tortuguitas. Al menos eso me dijiste a mí. Digo así porque todos siempre lo pusieron en duda, como que inventaste eso para ir rechazándome de a poco, pero yo en el fondo te creo. O capaz me resulta tan horrible pensar que buscabas rechazarme que inconcientemente elijo creer lo del recital en Tortuguitas. Viste que uno nunca sabe.
Igual, más allá de eso, mandar una carta puede parecer de la prehistoria pero es como más importante, da otra cosa.
Yo siempre quise recibir cartas.
Yo siempre quise recibir una carta tuya.
De hecho, ahora que lo pienso, cada vez que entro a casa miro el buzón para ver si tengo un sobrecito tuyo. Siempre es la cuenta de luz o de gas, claro, y siempre está el mismo error en mi apellido, o que le agregan una ‘b’ o escriben con dos ‘s’ en vez de ponerle la ‘z’. Vos sabés más que nadie que nunca fui una defensora acérrima de mi apellido pero la verdad es que es bastante insoportable tener que ir a hacer el reclamo con la factura cuando se te corta la luz y que el problemita siempre sea que el sistema te desconoce completamente porque ahí figura otro nombre. Cansa que te desconozcan. Aunque yo sé que si vos me mandaras una carta, escribirías bien mi apellido porque sacás las letras por el sonido de la palabra nomás, es como un don que tenés. ¿Te acordás cuando agarrábamos la lista de los alumnos de 3ºB y jugábamos a que había que escribir correctamente los apellidos con solo escucharlos? Siempre me ganabas. Y mirá que se suponía que yo me los sabía de memoria, eh. Pero parece que no era tan así al final…
En síntesis, la razón por la cual elijo escribirte después de todo este tiempo es porque hace dos meses que vengo soñando con vos. Y si fuera una cosa de los fines de semana nomás no me preocuparía tanto, pero el hecho es que se convirtió en algo cotidiano y entonces te encuentro todas las noches en situaciones tan diversas y disparatadas que hasta me causan gracia. No las protagonizás todas pero aunque sea algún bolo pegás y se ve que no tengo mucha imaginación para el vestuario porque siempre estás con la misma ropa que llevabas puesta el día ese de la plaza. El tema en sí no es soñar con vos porque la verdad es que me gusta verte y hablarte de vez en cuando, aunque sea en un sueño. Pero lo que más me llama la atención es lo que hacés al final. No importa qué rol estés jugando, no importa en qué situación nos encontremos. Vos de la nada, me tomás la cara con tus dos manos y luego de mirarme unos segundos, me lames los ojos. En ese momento, me despierto.
No sos la primera persona a la que se lo cuento. Antes de decidirme a mandarte la carta, le comenté a Luis sobre este gesto tuyo en el sueño y me preguntó si cuando andábamos, vos tenías algún fetiche con mis ojos. Me enojó bastante que sea tan básica su pregunta y que no se molestara en analizarlo más allá de lo sexual porque yo jamás lo hubiese pensado por ahí. Me molestó tanto que decidí cambiar de panadero y no lo vi más.
Yo no sé a qué se debe esta inclinación tuya por aparecerte en los sueños de la gente y lamerle los ojos así como así. El tema es que no es una saliva cualquiera. No es esa saliva agria y espesa de cuando recién te despertás, no. Es como si estuvieras viendo que se acerca un plato gigante de fideos con tuco después de no haber probado bocado durante meses. Vos me entendés, es una saliva con ganas.
Después de ese momento, cuando finalmente abro los ojos, me encuentro despierta en mi cama, pero me queda la fuerte sensación de tu saliva caliente en mi cara durante todo el día. Ahora seguramente estarás pensando que estoy loca de remate (y un poco puede ser que sí lo esté), pero de verdad espero que sigas teniendo ese afán tan grande por entender a la gente y que entonces, en vez de pensar eso, puedas profundizar un poco más y preguntarte por qué elijo contarte esto ahora, después de tanto tiempo…
La razón es tan sencilla como absurda, Jorge. Y es que hace tres días que me despierto después de ese sueño y tengo los ojos mojados.
lapibadelpurificador.
Tres veces tuvo que pasar la piba delante de la misma puerta para darse cuenta que había llegado. El cartel de plástico daba justo la información que estaba buscando: Buenos Aires 4750. La poca originalidad que destacaba al nombre de la calle y a su número no se correspondía con el curioso aspecto de la casa. La combinación de pintura amarilla y los inmensos lamparones de humedad que cubrían sus paredes la convertían en la más extraña de toda la cuadra. La piba con su vestido amarillo largo hasta las rodillas junto a la casa componía una imagen digna de algún artista plástico, aunque ella no parecía querer estar en el mismo cuadro que la casa. Esa monocromía la definía y la condicionaba. Aún así, algo en ella permanecía inquieto y alerta, preparándola para borrarse de ese lugar de un momento a otro. Soplaba un viento que no combinaba con sus hombros y piernas destapadas, pero a ella qué le podía importar el viento para lo que había ido a hacer. Ningún tifón habría torcido su voluntad. Se sentó y apoyó la cabeza contra la puerta de madera mirando al cielo. Llevaba colgado un bolso negro con unas inscripciones que delataban su propósito e interrumpían la delicada línea que recorría sus hombros. Luego miró de un lado a otro de la calle. Un ruido seco la obligó a pararse de pronto y a acomodarse el vestido. Piba, no hace falta. Se descolgó el bolso y puso sus brazos a los costados del cuerpo. Piba, yo sé lo que te digo. La puerta se abrió y la señora Juárez apareció con su habitual mantel hecho delantal puesto y su peor cara de martes al mediodía. La piba saludó cordialmente y de a poco, mientras llenaba su boca con mil palabras por segundo, abría el bolso sin que la vieja se diera cuenta de lo que estaba por hacer. Cuando parecía que la coartada estaba dando resultado, la vieja rápidamente y sin ningún aviso le cerró la puerta en la cara. La piba se quedó dura unos segundos mirando la puerta que se interponía violentamente entre ella y la señora Juárez. Se llevó el bolso para adelante y lo cerró. Piba, yo te avisé. Sacó su celular, volvió a mirar el número de la casa y mandó un mensaje. Esperó la respuesta y lo metió en el bolsillo más chico. Miró de nuevo al cielo y suspiró profundamente. Cuando parecía finalmente haber tomado la decisión de irse, sus ojos se encontraron con los míos. Tuve la idea de esconderme pero fue sólo una idea, el impulso quedó relegado a la fuerza con la que la piba me sostenía la mirada. Piba, por favor, no lo hagas. Observó el número de mi casa: Buenos Aires 4753. Se descolgó el bolso y cruzó la calle. Me quedé con el mate en la mano, percibiendo lo incompleta que quedaba la casa amarilla sin la piba en su puerta. Luego de tres minutos en los que no supe hacer otra cosa más que escuchar sus pasos alejarse de mi domicilio, volvió a cruzarse y clavó nuevamente sus ojos en los míos desde la vereda de enfrente. Me acerqué al borde de la terraza y ensayé una sonrisa cordial. Me sonrió impune, como regocijándose al comprobar que ya no era un simple testigo, sino una víctima más de su frecuente plan. Volvió a colgarse el bolso y partió para la avenida. Dejé el mate en la mesita y bajé lo más rápido que pude por las escaleras cubiertas de papel de diario por la pintura. Me paré frente a la puerta. Sobre la alfombra que adornaba la entrada yacía su mensaje, claro y contundente. Me invadió una enorme contradicción: hubiese llamado mil veces a ese número tan sólo para ver ese vestido amarillo de nuevo, esta vez parado frente a mi casa, componiendo un cuadro distinto junto a mi puerta de metal, habiendo ya superado el desplante de la casa amarilla, dispuesto a buscar contención entre mis paredes bordó. Pero no, conmigo no vas a poder piba. Ya tenemos un purificador de agua, gracias.
escena.
Voy a hacerte una escena
hoy
con esta lluvia
voy a ir a tu casa
voy a mirar hacia tu ventana aunque no tengas ventana
no importa
voy a inventarme una ventana en una de las paredes de tu casa intentando que sea verosímil
Voy a pintarme mucho los ojos
para que cuando la lluvia me moje la cara
se corra toda la pintura
y se dibujen dos aureolas grandes y negras debajo de mis ojos
colaborando con lo dramático de la escena
bien cliché
Para el vestuario pensé en comprarme algo que no se arruine con la lluvia
y que me haga parecer
más
grande
más
adulta
pero no hay presupuesto
así que voy a ponerme un vestido rojo a lunares que tengo y que siempre quise mostrarte y que nunca pudiste ver porque
siempre
nos
vemos
en
invierno
con unas zapatillas
y con un saquito
y voy a llevar la cartera que tiene a Marilyn Monroe adelante
Voy a quedarme parada frente a tu casa
y voy a organizar mi mirada en un recorrido para ocuparme de algo
Primero voy a posar mis ojos sobre la ventana inexistente
después sobre la puerta
luego sobre las rejas
y por último sobre el techo
voy a mirar más la puerta que a todo lo otro
como si quisiera decir algo con eso
como si hubiese algo por develar
Con el tiempo seguramente modifique algo de todo ese recorrido
sobretodo los días en los que ya no tenga tantas ganas de hacerlo
pero lo de la puerta va a estar siempre
El estreno va a ser hoy, aprovechando que llueve
voy a repetir la escena
todos
los días
que llueva
hasta que me canse
hasta que ya no le encuentre el sentido
hasta que me aburra y tenga una imperiosa necesidad de gastar mi tiempo en otra cosa
Van a haber días en los que llore de verdad
otros en los que tenga que imaginar la muerte de personas muy cercanas
o apelar a la tan bastardeada memoria emotiva y acordarme del último animal que se me murió para lograr alguna emoción
y otros en los que seguramente necesite la ayuda de algún químico para empujar las lágrimas hacia fuera
Van a haber días en los que voy a tener frío usando ese vestido
entonces voy a mentir
me voy a poner unas medias transparentes
después me voy a enojar porque no puede ser que no me tome las cosas enserio
y las voy a esconder para no volver a tentarme
para
sentir
que
soy
mejor
persona
Voy a repetir la misma escena hasta aburrirme
hasta que me cueste hacerla
hasta que la odie
hasta pelearme con todo el elenco que soy yo
pelearme fuerte, irme un día a los gritos y golpeando algo
Voy a repetirla hasta llorar por no querer hacerla nunca más
hasta preguntarme si estuvo bien haber elegido esto para mi vida
hasta replantearme si es justo gastar tanta plata en algo que no me deja un mango
hasta pensar en buscar otras alternativas, otras cosas que no me angustien tanto
Voy a hacerte una escena
y la voy a repetir muchas veces
a ver si haciendo esto por fin me canso y me doy cuenta de que
no
existe
escena
sin
espectador
mosquitos.
Te pregunté
si nunca te habías preguntado
dónde van las almas de los mosquitos cuando mueren
Ahí mismo
yacían sus cuerpos inmóviles
mutilados hace tiempo por un arma letal que hacía las veces de almohada
Te confesé
haciéndome la misteriosa
que me parecía muy raro
Sus almas ya no estaban
pero sus cuerpos seguían ahí
en esa especie de limbo
que era mi pared
Te lo dije
sin siquiera sospechar
que en ese mismo limbo
estábamos los dos
hablando de ellos
y también de nosotros
que teníamos los cuerpos pegados
pero las almas en otro lado
malaracha.
La cerveza es un brebaje que se comparte y punto. No hay razón para tomarlo solo. Sin embargo, ahí estaba yo frente a un porrón con más espuma que alcohol y ni una compañía amable con quien embuchar. Qué hacer con el tiempo muerto entre que la espuma se disipa y uno finalmente puede tomarla sin parecer un payaso de nariz y bigotes blancos, nadie sabe. De cualquier manera, no tenía ni media gana de tomar cerveza, no había sido un buen regalo y yo encima venía con el mambo embarullado. Las caras del lugar eran raras, demasiado ocultas, sospeché siempre de la gente con esa bruma alrededor de los ojos que no los deja mirar directo. Los de la barra de tanta bruma eran parecidos. Tampoco daban mucha impresión de querer charlar. El frío era inhóspito y aún así había un ventilador meta moverse, como si les hubiesen entregado el lugar con esa maldición. Miré las aspas girar un rato, con la esperanza de poder concentrarme en otra cosa, pero me aburrí rápido. Lo que la espuma tardó en bajar lo invertí en preguntarme dónde mierda se había metido el Cuervo que me dejó encadenado a la bebida. Decidí tomarme un tiempo y un trago antes de alarmarme. “Seguro es por el bolsón”, me dije. Qué guacho este Cuervo, mirá, no decir si recibe comida del gobierno como si fuese delito o inmoralidad. No entendía de dónde le nacía la voluntad de mentirme, pero existía. Hacía rato le había dicho que estaba todo bien, que si necesitaba algo lo pidiera, que nos dejáramos de ocultamientos. Y, sin embargo, los había. No todo se soluciona con la palabra, lección número uno. Cualquiera me hubiese tildado de exagerado, pero a mí nadie me la va a contar. De vuelta en Buenos Aires me conocían como un tipo venturoso. Para los ignorantes, suerte es sinónimo de plata, y si bien la guita no me faltó nunca, no había día que no la luchara. Mi tipo de suerte pasaba por otro lado. De repente, algo sucedía con la contundencia necesaria para que yo me sintiera habilitado a vivir, aunque sea por un instante esa otra vida, la gran vida. De Buenos Aires me fui gracias a esto. Mi mamá había llamado un día y nos había dado la noticia de la aparición de unos lotes heredados en Uruguay. Mi hermano andaba ocupado con su gran familia y yo tenía un trabajo que me venía robando todo el tiempo valioso, así que fui a por esos lotes nomás. Había pedido un cambio de vida y ahí lo tenía. Parece que no se puede ver al otro lado sin querer más y sin embargo uno entiende que es esa sola porción la que le corresponde, que uno no es dueño de esa vida sino un simple turista.
Ya en Uruguay las cosas seguían su rumbo y la buena suerte se presentaba con más frecuencia. Parecía yo salido de un manual sobre la abundancia nomás, un ejemplo, el que ha visto del otro lado y vive para contarlo.
Pero las últimas semanas no habían sido, como quien dice, semanas prodigiosas en mi vida. Quien ha experimentado la buena ventura reconoce pronto la mala racha y que el Cuervo desapareciera y me dejara a la buena de Dios era una de las tantas señales que vaticinaba una desgracia mayor.
Aunque ya sospechaba yo que el tema de la fortuna no funcionaba así, ese día en el bar me encontré hablándole a algo o a alguien en mi mente con la seguridad de que debía escucharme. Empezaba a molestarme la idea de no recuperar nunca más lo único que hacía mi vida más interesante así que pedí y pedí por el retorno de las cosas a como estaban.
La mirada ahogada en el vaso de cerveza me llevaba a preocuparme por todo al mismo tiempo y a repasar por enésima vez como había dejado el rancho al salir; la traba de madera bichada haciendo fuerza entre la puerta y la pared de barro que no importaba que se percudiera total había que volver a hacerla, la construí en poco tiempo y las cosas necesitan de otra templanza, yo no estaba templado ese día, más bien como el mar, más bien frío y burbujeante.
Si llegaban a chillar los vecinos por los perros, la orden era no darles bolilla. Tampoco es que los dejara siempre solos, a ver. La Crota se había roto hacía pocos días y no se los podía andar arrastrando a todos lados. El Tony estaba viejo y solitario. Demasiado solitario para mi gusto, no hizo migas con nadie nunca, pero en esos tiempos le venía agarrando aún más lo rabioso. La traba era importante para esto, para que no se le desbande la rabia. Lila aguanta, si el Tony lloriquea la otra le lame el hocico, lo franelea un rato y le produce somnolencia. Remedio efectivo el cariño de uno al otro. A veces se sospecha de esas cosas, pero la verdad es que ahí el que está mal es uno. Son sólo algunas lamidas. Se acompañan. Eso es lo que hacen.
Ese día la Irma tenía el deber de vigilarme el lote. Chusmeaba siempre por la ventana sin que yo se lo pidiese, con porro a cambio al menos lo haría con mayor propósito. Me sacaba a cuenta lo de la responsabilidad, pero qué no es mucha responsabilidad hoy en día. Hay cosas que no se miden. Se hacen y punto.
Igual íbamos y veníamos.
Durante toda esa mañana, un ruido molesto me había estado acompañando, como el de una queja en la lengua, y ya andaba atajado. Para coronar, me había dado cuenta apenas pisamos ruta que no llevaba medias. Ahí nomás se me vino como premonición la amenaza de la Aurelia cuando chico: si no te ponés las medias tu mamá se va a morir. ¿Quién se quería poner medias en pleno verano bonaerense? La siesta y las medias son enemigos predilectos hasta que tenés edad para valorar unos pies abrigados en el medio de la planchada. Advertencia desbocada la de la Aurelia y, sin embargo, si hubiese tenido los tobillos calientes ese día, estoy seguro, todo hubiese pintado mejor.
La actividad era corta pero el peligro grueso. El almacén quedaba a pocos kilómetros del balneario, pero ese día llovía como nunca desde que había llegado y la chatarrera del Cuervo andaba como podía, con los chifletes entrándole por todos lados y el eterno temblequeo que parecía indicar que hasta el mismísimo auto estaba en contra de que lo usemos. Tampoco la Crota estaba óptima para esos trajines, era mejor engriparse que empujar 50 km. Tal vez si les pusiéramos otros nombres, los autos andarían mejor. El nombre te marca el sino por eso no hay que hacerse el desentendido. Bautismo responsable, no tanto por el ritual eclesiástico sino por el acto de bautizar. El despertar de las cosas al mundo debería abrir alguna esperanza. Lo del Cuervo es distinto, se lo pusieron de grande se ve y no le hace justicia. Ahora que lo pienso no sé su nombre real. ¿Será muy tarde para preguntar? Por las dudas, no. Quién soy yo para andar investigando el sino de la gente.
Lo había sentido en muchos encuentros y le di vueltas a la idea varias veces en mi mente, pero nunca lo vi con tanta claridad hasta ese día: para mi, el Cuervo era como un hermano. A la gente como él le sienta fácil lo de proteger a un otro y ese era el aroma a hermano que yo le sentía. Había una risa suya que me acercaba.
El Cuervo es un tipo que deja claras las reglas del juego desde el vamos. No se anda con suposiciones. Hay cosas que no está dispuesto a hacer y él es franco en esto. Yo soy el que insiste, por ejemplo, en hablar del entredicho con el Víctor durante el viaje porque quiero saber cuál es su posición respecto a las cosas como para profundizar en el vínculo, para saber si es un tipo que analiza o da por hecho, si tiene charla interna o si este es otro tema cerrado para él y soy yo el único que necesita ocupar obsesivamente los silencios. El Cuervo simplemente escucha, no se mete, sólo mira el camino, está ocupado en eso. Hay límites que tiene, cuando me voy de mambo en alguna carraspea, esa es su barrera, dudo que alguien haya pasado de ahí alguna vez, y se lo respeto. Mientras charlo se me van acalambrando cada vez más los pies del frío, pero no me dispersa, sé que somos dos en el auto, mientras haya alguien más sufriendo lo mismo que yo siento que es justo, aunque al Cuervo no se le mueva un pelo de la tupida barba que lleva. Sigo sacándole temas y carraspea de nuevo. Me cuenta de su padre, que cuando iban viajando él jamás le cebaba mate y esto era traición. No es que se pone a contarme un relato de la infancia, es una indirecta, me calla con un recuerdo y me dice “hacete el mate así seguimos la amistad nosotros”, como si ese hubiese sido todo el embrollo con el Víctor, simplemente un par de cebaduras descoordinadas que cortaron gancho. Le digo como al pasar “qué frío” y le cuento de la Aurelia y de su amenaza por las medias intentando exorcizar la sensación de fatalidad que aún tenía. “Una vez, me amenazaron de muerte a la cachila y al Nicolás” me dice empuñando su sonrisa enorme e igualando su relato con el mío. “Juego de diablos, seguro”, también dice. Recuerdo que mi hermano hacía eso, contrastaba algo terrible para mí con algo terrible de verdad. Por eso se parecían. Por la desfachatez ante el peligro. Por convertir la amenaza en ridiculez. La traba y los perros me iban preocupando cada vez menos, el frío se me hacía costumbre y el mate nos construía una hermandad secreta.
Raca, raca, raca, al lado mío. De vuelta en el bar, un hombre lima una moneda sobre varias raspaditas. El piso está lleno de cáscaras de maní y polvo negro de la suerte. El hombre nunca bufa al perder, persevera como si en el mismo acto mecánico de arremeter contra el papel se encontrara la suerte.
“Se te va a gastar el brazo, bó. De tanto chiqui, chiqui” le dice uno de los lavacopas.
“Te sirvo más, por la pasión” le dice el otro y entiendo que le genera algo, empatiza rápido. ‘Timbero frente a timbero’, pienso. “No sirven esas raspaditas, bó. Son promesas a largo plazo que nunca llegan. No se entiende sino”. Para el hombre, las voces de los demás son más imperceptibles que el ventilador girando y gastando el poco aire caliente que se amontona. No hay voz ni voto que lo detenga en su propósito. A mi me está escaseando la birra, pero no pienso pedir otra. Estoy molesto, no se ve a primera vista que la suerte mejore y necesito largárselo a alguien. Mi lengua hace el sonidito quejoso de nuevo como para tratar de conectar con la queja de otro alguien y comento: “Tal vez la suerte sea del portador y no del pobre cartón”. Los lavacopas dejan de frotar y por un instante todo cae en un tenso sopor. El hombre que raspa levanta la cabeza y tuerce la mirada hacia mí. Ahí nomás me arremete a preguntas, que quién me dio vela en ese entierro y que por qué nunca me vio por esos pagos. La desconfianza se extiende, la avivada se me vuelve en contra y pronto todos sospechan si no seré yo el que trae la mufa.
“Mirá que yo vengo con suerte” digo con voz ronca saltando en defensa de mi mismo, no sé bien ante quién demuestro o vendo mi reputación, pero lo digo con orgullo, como una advertencia de que tengo un as bajo la manga, que conmigo no, que, aunque sea un extraño por esos pagos, la vida me dio un origen y un talento.
El hombre me mira de arriba abajo y se rasca la barba con los dedos negros de tanto raspar. “Dásela al gurí que dice que tiene suerte” dice alguien y yo no sé si me está ayudando o hundiendo cada vez más. Hay un tiempo lleno de silencio que hace que el hombre se decida finalmente por pasarme un cartón y una moneda. “La moneda tiene que ser del suertudo” nos marcan desde atrás cual regla. Saco una moneda sin nacionalidad de tan gastada y respiro antes de raspar. La parte más fiera de mí se envalentona, dispuesta a pegarle un baile al azar. La otra más tibia sueña con el Cuervo entrando por la puerta para que me salve de ser el porteño impetuoso que de repente se encuentra en una situación de duelo con un cartón y una moneda como únicas armas. ‘¿Por qué todavía espero que alguien me salve?’ pienso mientras me pica el tobillo y evito rascarme como si cualquier movimiento que esté de más fuese otra señal de desventura. El ambiente ya huele a desgracia, pero espero que sólo sea la transpiración de los hombres.
Comienzo a raspar el cartón con delicadeza. En ese momento, no creo en la presión de las cosas, más bien en la persistencia, pero estoy seguro de que en cuanto llegue el Cuervo voy a cagarme en este pensamiento. No me importa tardar, es verdaderamente lo único interesante que tengo que hacer. Además, ¿qué pierdo?, ¿honor ante quien? El hombre de la barba me mira y carraspea. Hace un frío tan inoportuno que las respiraciones son quejosas, nadie quiere estar realmente ahí y sin embargo ahí están, observando una proeza o la pérdida deliberada del honor en la mañana de un extraño. Siento los pies cada vez más dormidos y me autocastigo, ¿Cómo es que me vengo a olvidar justo hoy de ponerme un puto par de medias? Una línea negra comienza a verse sobre el fondo blanco del cartón.
Se escucha el tintineo de la campana de la puerta. Emponchado entra el Cuervo que saluda a las gentes con un “veo que ya entraron a conocerse”. Por un momento, parece que su entrada interrumpe el orden lineal de las cosas y las conversaciones suceden en otra línea temporal. Lo miro engranado, le pregunto abiertamente dónde mierda estuvo y se me cuela una sonrisa para descomprimir. “¿Dónde mierda estuviste?” le repito y esta vez hago fuerza para disipar la sonrisa. Me afloja con un “Che, te pagué una birra. Dale que se me recalienta la catramina” y salimos.
“Pensé que te había pasado algo” le digo y veo el bolsón de frutas en el fondo.
“Son hoscos estos de Santa Ana. Si les sacaste charla, sos campeón”.
En el camino de vuelta me pongo difícil, no sé cómo tratar al Cuervo que me tiene de idiota con el bolsón de frutas atrás mío. Al mismo tiempo, no entiendo bien qué necesito, ¿una explicación?, ¿un blanqueo de su situación financiera?, pero estoy así, con los patos cruzados, como quien dice. Andamos esos 600 km sin mediar palabra, algún que otro carraspeo por parte del Cuervo y yo sintiendo que los pies no se me despiertan del frío. ¿Cómo hago para poner mis propias reglas frente a estas cosas? Otra vez pidiendo que alguien me enseñe algo. Ya soy bastante grande, ¿qué mierda me pasa? Intercambiamos palabras nomás cuando buscamos las herramientas, dónde las poníamos, si atrás o adelante del puto bolsón. El Cuervo me deja en el terreno y amaga a ayudarme con las herramientas. Primereo la manija de la caja y lo saludo de espaldas con la otra mano. “No me pongas la traba que mañana le metemos al taller bien temprano” llega a decir mientras me alejo cada vez más.
A las herramientas ni las acomodo, no tengo ganas; destrabo la puerta y me encierro para contener la rabia. Santo remedio, como con el Tony. Lo primero que hago es ir al armario para ponerme un par de medias y sentirme finalmente a salvo. Me gustaría hacerme el superado y decir que no me tiene afectado todavía la lógica de la Aurelia, pero por un instante se me cruza la idea de llamar a mi vieja para saber ver cómo está, si sigue viva o si la mala suerte ahora se me va a presentar en forma de muerte y mi destino no será otro que el de vivir escapándole a las desgracias.
Bajo la vista para ponerme las medias y reconozco un cartón arrugado en el piso. Se me viene la imagen del bar y el duelo timbero que quise armar. Me vine hasta el Uruguay para cambiar de vida, pero sigo siendo el mismo porteño desbocado de siempre…
Sin borrachos ni cuervos alrededor, comienzo a raspar nuevamente el cartón con un gesto patético, esperando el fin de la mala racha, con la fe puesta en una raspadita que bautice mi destino con gracia y justicia.
El “seguí participando” me termina de rematar.
Al mirar mi suerte de frente y sin vueltas, una parte mía, la más fiera, se envalentona dispuesta a jugar las veces que sean necesarias para recuperar la fortuna como un tímido resarcimiento a mi honor.
La otra parte, la más tibia y calculadora me libera de toda responsabilidad y, en su lugar, aguanta mansa hasta el día siguiente cuando entre mates pueda pispear la bruma en los ojos del Cuervo y confirmar si el de la mufa no será él nomás, que lleva el mal augurio de nombre y la incertidumbre de destino.
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