jueves, 19 de agosto de 2021
malaracha.
La cerveza es un brebaje que se comparte y punto. No hay razón para tomarlo solo. Sin embargo, ahí estaba yo frente a un porrón con más espuma que alcohol y ni una compañía amable con quien embuchar. Qué hacer con el tiempo muerto entre que la espuma se disipa y uno finalmente puede tomarla sin parecer un payaso de nariz y bigotes blancos, nadie sabe. De cualquier manera, no tenía ni media gana de tomar cerveza, no había sido un buen regalo y yo encima venía con el mambo embarullado. Las caras del lugar eran raras, demasiado ocultas, sospeché siempre de la gente con esa bruma alrededor de los ojos que no los deja mirar directo. Los de la barra de tanta bruma eran parecidos. Tampoco daban mucha impresión de querer charlar. El frío era inhóspito y aún así había un ventilador meta moverse, como si les hubiesen entregado el lugar con esa maldición. Miré las aspas girar un rato, con la esperanza de poder concentrarme en otra cosa, pero me aburrí rápido. Lo que la espuma tardó en bajar lo invertí en preguntarme dónde mierda se había metido el Cuervo que me dejó encadenado a la bebida. Decidí tomarme un tiempo y un trago antes de alarmarme. “Seguro es por el bolsón”, me dije. Qué guacho este Cuervo, mirá, no decir si recibe comida del gobierno como si fuese delito o inmoralidad. No entendía de dónde le nacía la voluntad de mentirme, pero existía. Hacía rato le había dicho que estaba todo bien, que si necesitaba algo lo pidiera, que nos dejáramos de ocultamientos. Y, sin embargo, los había. No todo se soluciona con la palabra, lección número uno. Cualquiera me hubiese tildado de exagerado, pero a mí nadie me la va a contar. De vuelta en Buenos Aires me conocían como un tipo venturoso. Para los ignorantes, suerte es sinónimo de plata, y si bien la guita no me faltó nunca, no había día que no la luchara. Mi tipo de suerte pasaba por otro lado. De repente, algo sucedía con la contundencia necesaria para que yo me sintiera habilitado a vivir, aunque sea por un instante esa otra vida, la gran vida. De Buenos Aires me fui gracias a esto. Mi mamá había llamado un día y nos había dado la noticia de la aparición de unos lotes heredados en Uruguay. Mi hermano andaba ocupado con su gran familia y yo tenía un trabajo que me venía robando todo el tiempo valioso, así que fui a por esos lotes nomás. Había pedido un cambio de vida y ahí lo tenía. Parece que no se puede ver al otro lado sin querer más y sin embargo uno entiende que es esa sola porción la que le corresponde, que uno no es dueño de esa vida sino un simple turista.
Ya en Uruguay las cosas seguían su rumbo y la buena suerte se presentaba con más frecuencia. Parecía yo salido de un manual sobre la abundancia nomás, un ejemplo, el que ha visto del otro lado y vive para contarlo.
Pero las últimas semanas no habían sido, como quien dice, semanas prodigiosas en mi vida. Quien ha experimentado la buena ventura reconoce pronto la mala racha y que el Cuervo desapareciera y me dejara a la buena de Dios era una de las tantas señales que vaticinaba una desgracia mayor.
Aunque ya sospechaba yo que el tema de la fortuna no funcionaba así, ese día en el bar me encontré hablándole a algo o a alguien en mi mente con la seguridad de que debía escucharme. Empezaba a molestarme la idea de no recuperar nunca más lo único que hacía mi vida más interesante así que pedí y pedí por el retorno de las cosas a como estaban.
La mirada ahogada en el vaso de cerveza me llevaba a preocuparme por todo al mismo tiempo y a repasar por enésima vez como había dejado el rancho al salir; la traba de madera bichada haciendo fuerza entre la puerta y la pared de barro que no importaba que se percudiera total había que volver a hacerla, la construí en poco tiempo y las cosas necesitan de otra templanza, yo no estaba templado ese día, más bien como el mar, más bien frío y burbujeante.
Si llegaban a chillar los vecinos por los perros, la orden era no darles bolilla. Tampoco es que los dejara siempre solos, a ver. La Crota se había roto hacía pocos días y no se los podía andar arrastrando a todos lados. El Tony estaba viejo y solitario. Demasiado solitario para mi gusto, no hizo migas con nadie nunca, pero en esos tiempos le venía agarrando aún más lo rabioso. La traba era importante para esto, para que no se le desbande la rabia. Lila aguanta, si el Tony lloriquea la otra le lame el hocico, lo franelea un rato y le produce somnolencia. Remedio efectivo el cariño de uno al otro. A veces se sospecha de esas cosas, pero la verdad es que ahí el que está mal es uno. Son sólo algunas lamidas. Se acompañan. Eso es lo que hacen.
Ese día la Irma tenía el deber de vigilarme el lote. Chusmeaba siempre por la ventana sin que yo se lo pidiese, con porro a cambio al menos lo haría con mayor propósito. Me sacaba a cuenta lo de la responsabilidad, pero qué no es mucha responsabilidad hoy en día. Hay cosas que no se miden. Se hacen y punto.
Igual íbamos y veníamos.
Durante toda esa mañana, un ruido molesto me había estado acompañando, como el de una queja en la lengua, y ya andaba atajado. Para coronar, me había dado cuenta apenas pisamos ruta que no llevaba medias. Ahí nomás se me vino como premonición la amenaza de la Aurelia cuando chico: si no te ponés las medias tu mamá se va a morir. ¿Quién se quería poner medias en pleno verano bonaerense? La siesta y las medias son enemigos predilectos hasta que tenés edad para valorar unos pies abrigados en el medio de la planchada. Advertencia desbocada la de la Aurelia y, sin embargo, si hubiese tenido los tobillos calientes ese día, estoy seguro, todo hubiese pintado mejor.
La actividad era corta pero el peligro grueso. El almacén quedaba a pocos kilómetros del balneario, pero ese día llovía como nunca desde que había llegado y la chatarrera del Cuervo andaba como podía, con los chifletes entrándole por todos lados y el eterno temblequeo que parecía indicar que hasta el mismísimo auto estaba en contra de que lo usemos. Tampoco la Crota estaba óptima para esos trajines, era mejor engriparse que empujar 50 km. Tal vez si les pusiéramos otros nombres, los autos andarían mejor. El nombre te marca el sino por eso no hay que hacerse el desentendido. Bautismo responsable, no tanto por el ritual eclesiástico sino por el acto de bautizar. El despertar de las cosas al mundo debería abrir alguna esperanza. Lo del Cuervo es distinto, se lo pusieron de grande se ve y no le hace justicia. Ahora que lo pienso no sé su nombre real. ¿Será muy tarde para preguntar? Por las dudas, no. Quién soy yo para andar investigando el sino de la gente.
Lo había sentido en muchos encuentros y le di vueltas a la idea varias veces en mi mente, pero nunca lo vi con tanta claridad hasta ese día: para mi, el Cuervo era como un hermano. A la gente como él le sienta fácil lo de proteger a un otro y ese era el aroma a hermano que yo le sentía. Había una risa suya que me acercaba.
El Cuervo es un tipo que deja claras las reglas del juego desde el vamos. No se anda con suposiciones. Hay cosas que no está dispuesto a hacer y él es franco en esto. Yo soy el que insiste, por ejemplo, en hablar del entredicho con el Víctor durante el viaje porque quiero saber cuál es su posición respecto a las cosas como para profundizar en el vínculo, para saber si es un tipo que analiza o da por hecho, si tiene charla interna o si este es otro tema cerrado para él y soy yo el único que necesita ocupar obsesivamente los silencios. El Cuervo simplemente escucha, no se mete, sólo mira el camino, está ocupado en eso. Hay límites que tiene, cuando me voy de mambo en alguna carraspea, esa es su barrera, dudo que alguien haya pasado de ahí alguna vez, y se lo respeto. Mientras charlo se me van acalambrando cada vez más los pies del frío, pero no me dispersa, sé que somos dos en el auto, mientras haya alguien más sufriendo lo mismo que yo siento que es justo, aunque al Cuervo no se le mueva un pelo de la tupida barba que lleva. Sigo sacándole temas y carraspea de nuevo. Me cuenta de su padre, que cuando iban viajando él jamás le cebaba mate y esto era traición. No es que se pone a contarme un relato de la infancia, es una indirecta, me calla con un recuerdo y me dice “hacete el mate así seguimos la amistad nosotros”, como si ese hubiese sido todo el embrollo con el Víctor, simplemente un par de cebaduras descoordinadas que cortaron gancho. Le digo como al pasar “qué frío” y le cuento de la Aurelia y de su amenaza por las medias intentando exorcizar la sensación de fatalidad que aún tenía. “Una vez, me amenazaron de muerte a la cachila y al Nicolás” me dice empuñando su sonrisa enorme e igualando su relato con el mío. “Juego de diablos, seguro”, también dice. Recuerdo que mi hermano hacía eso, contrastaba algo terrible para mí con algo terrible de verdad. Por eso se parecían. Por la desfachatez ante el peligro. Por convertir la amenaza en ridiculez. La traba y los perros me iban preocupando cada vez menos, el frío se me hacía costumbre y el mate nos construía una hermandad secreta.
Raca, raca, raca, al lado mío. De vuelta en el bar, un hombre lima una moneda sobre varias raspaditas. El piso está lleno de cáscaras de maní y polvo negro de la suerte. El hombre nunca bufa al perder, persevera como si en el mismo acto mecánico de arremeter contra el papel se encontrara la suerte.
“Se te va a gastar el brazo, bó. De tanto chiqui, chiqui” le dice uno de los lavacopas.
“Te sirvo más, por la pasión” le dice el otro y entiendo que le genera algo, empatiza rápido. ‘Timbero frente a timbero’, pienso. “No sirven esas raspaditas, bó. Son promesas a largo plazo que nunca llegan. No se entiende sino”. Para el hombre, las voces de los demás son más imperceptibles que el ventilador girando y gastando el poco aire caliente que se amontona. No hay voz ni voto que lo detenga en su propósito. A mi me está escaseando la birra, pero no pienso pedir otra. Estoy molesto, no se ve a primera vista que la suerte mejore y necesito largárselo a alguien. Mi lengua hace el sonidito quejoso de nuevo como para tratar de conectar con la queja de otro alguien y comento: “Tal vez la suerte sea del portador y no del pobre cartón”. Los lavacopas dejan de frotar y por un instante todo cae en un tenso sopor. El hombre que raspa levanta la cabeza y tuerce la mirada hacia mí. Ahí nomás me arremete a preguntas, que quién me dio vela en ese entierro y que por qué nunca me vio por esos pagos. La desconfianza se extiende, la avivada se me vuelve en contra y pronto todos sospechan si no seré yo el que trae la mufa.
“Mirá que yo vengo con suerte” digo con voz ronca saltando en defensa de mi mismo, no sé bien ante quién demuestro o vendo mi reputación, pero lo digo con orgullo, como una advertencia de que tengo un as bajo la manga, que conmigo no, que, aunque sea un extraño por esos pagos, la vida me dio un origen y un talento.
El hombre me mira de arriba abajo y se rasca la barba con los dedos negros de tanto raspar. “Dásela al gurí que dice que tiene suerte” dice alguien y yo no sé si me está ayudando o hundiendo cada vez más. Hay un tiempo lleno de silencio que hace que el hombre se decida finalmente por pasarme un cartón y una moneda. “La moneda tiene que ser del suertudo” nos marcan desde atrás cual regla. Saco una moneda sin nacionalidad de tan gastada y respiro antes de raspar. La parte más fiera de mí se envalentona, dispuesta a pegarle un baile al azar. La otra más tibia sueña con el Cuervo entrando por la puerta para que me salve de ser el porteño impetuoso que de repente se encuentra en una situación de duelo con un cartón y una moneda como únicas armas. ‘¿Por qué todavía espero que alguien me salve?’ pienso mientras me pica el tobillo y evito rascarme como si cualquier movimiento que esté de más fuese otra señal de desventura. El ambiente ya huele a desgracia, pero espero que sólo sea la transpiración de los hombres.
Comienzo a raspar el cartón con delicadeza. En ese momento, no creo en la presión de las cosas, más bien en la persistencia, pero estoy seguro de que en cuanto llegue el Cuervo voy a cagarme en este pensamiento. No me importa tardar, es verdaderamente lo único interesante que tengo que hacer. Además, ¿qué pierdo?, ¿honor ante quien? El hombre de la barba me mira y carraspea. Hace un frío tan inoportuno que las respiraciones son quejosas, nadie quiere estar realmente ahí y sin embargo ahí están, observando una proeza o la pérdida deliberada del honor en la mañana de un extraño. Siento los pies cada vez más dormidos y me autocastigo, ¿Cómo es que me vengo a olvidar justo hoy de ponerme un puto par de medias? Una línea negra comienza a verse sobre el fondo blanco del cartón.
Se escucha el tintineo de la campana de la puerta. Emponchado entra el Cuervo que saluda a las gentes con un “veo que ya entraron a conocerse”. Por un momento, parece que su entrada interrumpe el orden lineal de las cosas y las conversaciones suceden en otra línea temporal. Lo miro engranado, le pregunto abiertamente dónde mierda estuvo y se me cuela una sonrisa para descomprimir. “¿Dónde mierda estuviste?” le repito y esta vez hago fuerza para disipar la sonrisa. Me afloja con un “Che, te pagué una birra. Dale que se me recalienta la catramina” y salimos.
“Pensé que te había pasado algo” le digo y veo el bolsón de frutas en el fondo.
“Son hoscos estos de Santa Ana. Si les sacaste charla, sos campeón”.
En el camino de vuelta me pongo difícil, no sé cómo tratar al Cuervo que me tiene de idiota con el bolsón de frutas atrás mío. Al mismo tiempo, no entiendo bien qué necesito, ¿una explicación?, ¿un blanqueo de su situación financiera?, pero estoy así, con los patos cruzados, como quien dice. Andamos esos 600 km sin mediar palabra, algún que otro carraspeo por parte del Cuervo y yo sintiendo que los pies no se me despiertan del frío. ¿Cómo hago para poner mis propias reglas frente a estas cosas? Otra vez pidiendo que alguien me enseñe algo. Ya soy bastante grande, ¿qué mierda me pasa? Intercambiamos palabras nomás cuando buscamos las herramientas, dónde las poníamos, si atrás o adelante del puto bolsón. El Cuervo me deja en el terreno y amaga a ayudarme con las herramientas. Primereo la manija de la caja y lo saludo de espaldas con la otra mano. “No me pongas la traba que mañana le metemos al taller bien temprano” llega a decir mientras me alejo cada vez más.
A las herramientas ni las acomodo, no tengo ganas; destrabo la puerta y me encierro para contener la rabia. Santo remedio, como con el Tony. Lo primero que hago es ir al armario para ponerme un par de medias y sentirme finalmente a salvo. Me gustaría hacerme el superado y decir que no me tiene afectado todavía la lógica de la Aurelia, pero por un instante se me cruza la idea de llamar a mi vieja para saber ver cómo está, si sigue viva o si la mala suerte ahora se me va a presentar en forma de muerte y mi destino no será otro que el de vivir escapándole a las desgracias.
Bajo la vista para ponerme las medias y reconozco un cartón arrugado en el piso. Se me viene la imagen del bar y el duelo timbero que quise armar. Me vine hasta el Uruguay para cambiar de vida, pero sigo siendo el mismo porteño desbocado de siempre…
Sin borrachos ni cuervos alrededor, comienzo a raspar nuevamente el cartón con un gesto patético, esperando el fin de la mala racha, con la fe puesta en una raspadita que bautice mi destino con gracia y justicia.
El “seguí participando” me termina de rematar.
Al mirar mi suerte de frente y sin vueltas, una parte mía, la más fiera, se envalentona dispuesta a jugar las veces que sean necesarias para recuperar la fortuna como un tímido resarcimiento a mi honor.
La otra parte, la más tibia y calculadora me libera de toda responsabilidad y, en su lugar, aguanta mansa hasta el día siguiente cuando entre mates pueda pispear la bruma en los ojos del Cuervo y confirmar si el de la mufa no será él nomás, que lleva el mal augurio de nombre y la incertidumbre de destino.
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