jueves, 19 de agosto de 2021

lapibadelpurificador.

Tres veces tuvo que pasar la piba delante de la misma puerta para darse cuenta que había llegado. El cartel de plástico daba justo la información que estaba buscando: Buenos Aires 4750. La poca originalidad que destacaba al nombre de la calle y a su número no se correspondía con el curioso aspecto de la casa. La combinación de pintura amarilla y los inmensos lamparones de humedad que cubrían sus paredes la convertían en la más extraña de toda la cuadra. La piba con su vestido amarillo largo hasta las rodillas junto a la casa componía una imagen digna de algún artista plástico, aunque ella no parecía querer estar en el mismo cuadro que la casa. Esa monocromía la definía y la condicionaba. Aún así, algo en ella permanecía inquieto y alerta, preparándola para borrarse de ese lugar de un momento a otro. Soplaba un viento que no combinaba con sus hombros y piernas destapadas, pero a ella qué le podía importar el viento para lo que había ido a hacer. Ningún tifón habría torcido su voluntad. Se sentó y apoyó la cabeza contra la puerta de madera mirando al cielo. Llevaba colgado un bolso negro con unas inscripciones que delataban su propósito e interrumpían la delicada línea que recorría sus hombros. Luego miró de un lado a otro de la calle. Un ruido seco la obligó a pararse de pronto y a acomodarse el vestido. Piba, no hace falta. Se descolgó el bolso y puso sus brazos a los costados del cuerpo. Piba, yo sé lo que te digo. La puerta se abrió y la señora Juárez apareció con su habitual mantel hecho delantal puesto y su peor cara de martes al mediodía. La piba saludó cordialmente y de a poco, mientras llenaba su boca con mil palabras por segundo, abría el bolso sin que la vieja se diera cuenta de lo que estaba por hacer. Cuando parecía que la coartada estaba dando resultado, la vieja rápidamente y sin ningún aviso le cerró la puerta en la cara. La piba se quedó dura unos segundos mirando la puerta que se interponía violentamente entre ella y la señora Juárez. Se llevó el bolso para adelante y lo cerró. Piba, yo te avisé. Sacó su celular, volvió a mirar el número de la casa y mandó un mensaje. Esperó la respuesta y lo metió en el bolsillo más chico. Miró de nuevo al cielo y suspiró profundamente. Cuando parecía finalmente haber tomado la decisión de irse, sus ojos se encontraron con los míos. Tuve la idea de esconderme pero fue sólo una idea, el impulso quedó relegado a la fuerza con la que la piba me sostenía la mirada. Piba, por favor, no lo hagas. Observó el número de mi casa: Buenos Aires 4753. Se descolgó el bolso y cruzó la calle. Me quedé con el mate en la mano, percibiendo lo incompleta que quedaba la casa amarilla sin la piba en su puerta. Luego de tres minutos en los que no supe hacer otra cosa más que escuchar sus pasos alejarse de mi domicilio, volvió a cruzarse y clavó nuevamente sus ojos en los míos desde la vereda de enfrente. Me acerqué al borde de la terraza y ensayé una sonrisa cordial. Me sonrió impune, como regocijándose al comprobar que ya no era un simple testigo, sino una víctima más de su frecuente plan. Volvió a colgarse el bolso y partió para la avenida. Dejé el mate en la mesita y bajé lo más rápido que pude por las escaleras cubiertas de papel de diario por la pintura. Me paré frente a la puerta. Sobre la alfombra que adornaba la entrada yacía su mensaje, claro y contundente. Me invadió una enorme contradicción: hubiese llamado mil veces a ese número tan sólo para ver ese vestido amarillo de nuevo, esta vez parado frente a mi casa, componiendo un cuadro distinto junto a mi puerta de metal, habiendo ya superado el desplante de la casa amarilla, dispuesto a buscar contención entre mis paredes bordó. Pero no, conmigo no vas a poder piba. Ya tenemos un purificador de agua, gracias.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

tardedeverano

"Hay que meter la aguja así. Primero para adentro y después, cuando hacés la línea, la sacás. Ojo no pincharte" me dice y mis ojo...